8 abr. 2009

EL BIBLIOTECARIO


La irrupción en el recinto fue tan violenta como inesperada, sabíamos que algo así nos podía ocurrir por lo que el asombro no fue una sensación generalizada, muchos avisos cercanos aportaron indicios de lo inminente, pero al igual que la muerte esta se presenta en el momento que ella lo decide.
Solo éramos tres sentados en nuestras viejas bancas de roble, cercano a nosotros en completo silencio Jorge discretamente nos observaba dispuesto a colaborar ante el menor reclamo, imponiendo respeto para sí y para sus tesoros.
El puñetazo sobre la mesa compartida nos estremeció, intentamos al unísono ponernos de pie, pero el sonido gutural y altisonante abortó el intento, la orden marcialmente ejecutada nos indicaba que no debíamos hacer otra cosa que mantenernos en nuestros lugares con la mirada baja y callada.
Como lobos hambrientos nos rondaron, nos olfatearon nos observaron, revisaron nuestro mundo desplegado sobre la mesa, solo éramos tres seres cercanos que habíamos viajado tan lejos el uno del otro que era imposible saber donde nos encontrábamos, tres perfectos desconocidos en una balsa, flotando a la deriva en un mar fantástico, viaje interrumpido por una enorme roca de realidad. Alguien tomó mi remo y lo miró con asco, otro quitó de las manos que asidas con desesperación al cabo sentían un profundo dolor.
Todos miraron a Jorge que permanecía expectante en su lugar defendiendo con su cuerpo y con su espíritu su propia vida, su propia historia.
El lobo aulló y la manada se abalanzó sobre él, ruido a maderas a metales a hojas secas, el sonido penetró en nuestro corazón para siempre. Los tres ya no teníamos miedo, nos levantamos protegimos al hombre que nos pedía ayuda, nos aferramos a brazos y piernas de los intrusos.
Borges los golpeó por la espalda con sus obras completas, Cortázar les cayó encima con su Rayuela, Mommsen y la historia de Roma logró que soltaran a Jorge por un instante, los libros salían despedidos de las estanterías, los once tomos de Cesar Cantú golpearon su Historia Universal en la cara del lobo mayor, hasta la joven Enebro Loa de Lin Yutang, participó de la defensa, tres marineros y un Capitán corrimos sin mirar el puerto, esta vez las fieras no habrían de comer carne.
El fuego consumió el lugar y supimos con el tiempo…Mucho tiempo, que Jorge lo reconstruyó con esfuerzo…Que otra cosa más se le puede pedir a un Bibliotecario que no sea mantener esa pasión, los lobos nunca comerán papel, no beberán tinta.
Ellos nunca volverán a ser…Solo creerán haber sido.


Fernando Omar Vecchiarelli
Certamen de Cuento Breve Roger Pla 2008 Segundo Premio Rotary Club Argentina