15 ago. 2009

PASIONES BIBLIÓFILAS



En 1653, Sabbatai Zevi, uno de tantos mesías que el pueblo de Israel se ha dado, decidió afirmar su autoridad casándose con los Rollos de la Ley. La boda se celebró en Salónica ante numerosos testigos y mientras la Torá aguardaba impaciente a su esposo vestida de novia, Sabbatai deslizó el anillo en uno de los rodillos que sirven para desplazar el texto. Es el único caso que se recuerda de un hombre casado con un libro, y no ante un libro. Con ser mucho, no es nada comparado con la devoción que Frederic R. Marvin guardó a su favorito. Exigió que tras su muerte abrieran su pecho, y bajo las costillas, bien cerca de su corazón, enterraran cierto pequeño volumen que había atesorado durante largos años.

Pasión más devoradora fue la que aplastó a Fray Vicents, un monje secularizado que vivió como librero de viejo en la Barcelona de 1830. Una bibliofilia incurable hizo del propio Vicents su mejor cliente. Un mal día un grupo de estudiosos se unieron en su contra para arrebatarle en una puja un valioso incunable. El librero no paró hasta asesinar a los cinco molestos competidores, y así poder acariciar a su antojo el valioso tesoro por el que vivía y respiraba. Su amor por los libros fue tal, que acabó matando a sus clientes para recuperar aquello de lo que con tanto dolor se desprendía. Fue encontrado culpable, pero la auténtica condena le llegó al enterarse que aquel maravilloso volumen no era único. Otro ejemplar campaba en una biblioteca de Francia.

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Johann Georg Tinius, Santo Patrón de los bibliópatas
La figura de Vicents forma parte de las leyendas románticas, pero la de Johann Georg Tinius es dolorosamente real. A los cuarenta y cinco años nuestro hombre era un teólogo respetado. Un sacerdote muy querido por sus feligreses en su aldea de Poserna, en Prusia. En 1809 lo tenía todo. Los vecinos alababan su sentido del deber, su manera de conducirse y su inagotable espíritu inquisitivo. Tal vez pecó de excesiva curiosidad, pues su sed de conocimiento desembocó en una insaciable avaricia libresca. Pronto sus ahorros, la herencia de su primera mujer y las rentas de su segundo matrimonio se rebelaron insuficientes para apilar en los anaqueles los libros que tan ardientemente perseguía. Así que nuestro buen sacerdote comenzó con pequeñas sisas del dinero de la iglesia, continuó robando limosnas a manos llenas, y acabó viajando en diligencia en la busca de nuevas presas por la región. Johann era un hombre de temple. Abordaba a los viajeros convenientemente disfrazado, les ofrecía amistoso un poco de rapé, y cuando su víctima caía desvanecida, aligeraba gentil el peso de sus bolsas. Pero nada era suficiente para calmar el ansia libresca de nuestro bibliópata, así que la mañana del 28 de enero de 1812 mató a eruditos martillazos a su primer hombre, y así pudo llenar un par de estantes más. Un año después hundió el cráneo de la viuda Kundhart en Leipzig de la misma manera. Fue su última tentativa recaudatoria. La policía descubrió en su casa una lista con los nombres de las personas más adineradas de la comarca, numerosas pelucas y barbas postizas, y cierto famoso martillo. Pero lo que más sorprendió a los agentes fue contemplar una ingobernable biblioteca de más de sesenta mil volúmenes que se desparramaba como un mar embravecido por todas las habitaciones, cubría las sillas, levantaba las camas y rompía en grandes olas contra las paredes del granero.

Hay más historias ahí fuera que nos hablan de libros condenados, malditos e impuros, querido lector. Te dejo con una de ellas, y espero que te sirva de distracción en las tardes veraniegas. Sale del lápiz de Steve Ditko, un buen dibujante que se hizo famoso al crear a Spiderman. Para ojearla, sólo has de pinchar en la primera foto que ilustra este artículo. Y piensa que la bibliofilia es una pasión engañosamente mansa, más ocupada en sobar papeles que en leerlos.
Nota