6 ago. 2009

LA DEVASTACIÓN DE BIBLIOTECAS JAPONESAS DURANTE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL


[...] debemos estar alertas para no sobrestimar a la ciencia
y a los métodos científicos cuando se trata
de problemas humanos". Albert Einstein



Día: 6 de agosto Año: 1945 Hora: 8:15 Lugar: Hiroshima
Una de las ciudades más atractivas de Japón y hasta ese fatídico día poco afectada por la guerra, sería destruida a consecuencia de la bomba atómica que arrojó el B-29, el "Enola Gay", comandado por el coronel Paul W. Tibets. Resultado: más de cien mil muertos, 15 mil heridos graves y 30 mil "leves". Los efectos de la bomba, como sabemos, se han prolongado hasta hoy en día por la irradiación nuclear, producto del famoso Proyecto Manhattan.
A más de cincuenta años de distancia, los estudiosos de la II Guerra Mundial han demostrado científicamente que el Imperio del Sol Naciente estaba, sin esperanza alguna, derrotado militarmente desde la conquista norteamericana de la isla de Okinawa; esto es, a partir de la primavera de 1945. En el verano, el portento de la fuerza aérea nipona (portaaviones, aeródromos, etc.) y el grueso de la industria bélica de esa nación oriental habían sido destruidos sistemáticamente por el ejército estadounidense. La infantería del ejército nipón presentaba escasez de petróleo. Día tras día, los aviones aliados colaboraban con su cuota de fuego: miles de bombas incendiarias eran arrojadas sobre los principales centros industriales de Tokio, Osaka, Kobel, Kyoto, y otros, diezmando a la población civil. Los que sobrevivían del terror aéreo, el hambre daba cuenta de ellos, pues las reservas de arroz se habían agotado. La derrota del Japón era inminente.
No obstante, la astucia de los Aliados, el silencio del Consejo Supremo de Guerra nipón ante el Ultimátum de Postdman, en el que se exigía la rendición incondicional del imperio, así como la heroicidad con que combatían las tropas japonesas, fue lo que decidió el uso de la bomba atómica contra Hiroshima, y tres días más tarde sobre Nagasaki. El 10 de agosto Japón capitulaba.
P. O. Keeney, uno de los autores occidentales que abordó poco tiempo después la devastación de las bibliotecas niponas durante la II Guerra Mundial, afirmó que la destrucción de ese tipo de fuentes de información fue mayor en los países agredidos que en las naciones agresoras. De acuerdo con la historiografía bélica, al imperio de Hiroito ¿cómo se le puede considerar, acorde a la premisa de Keeney? Sin duda que se le debe ubicar principalmente en el grupo de naciones agredidas; sí, pese a su agresión alevosa que perpetró contra la base norteamericana de Pearl Harbour el 8 de diciembre de 1941, y de haber pertenecido a los países del eje, los cuales enarbolaban la bandera del fascismo. El grado de destrucción que sufrió y la geográfica en donde desarrolló su táctica y estrategia militares, sostiene este punto de vista.
Con base en los datos de Keeney, hagamos una breve descripción de las pérdidas bibliográficas en ese país. Los acervos ascendían antes de la guerra a 9,000,000 de volúmenes, de los cuales 7,000,000 estaban distribuidos en diversas bibliotecas públicas de prefecturas municipales, pueblos y aldeas; mientras que el resto se hallaba en colecciones privadas y, principalmente, en bibliotecas universitarias. La infraestructura bibliotecaria alcanzaba 2,250 bibliotecas públicas, diseminadas en asentamientos urbanos y rurales; más 500 bibliotecas escolares, universitarias y privadas.
Dada la dinámica de la guerra, las pérdidas mayores de volúmenes se presentaron como resultado de las bombas incendiarias, de la rápida evacuación y del resguardo poco cuidadoso. La devastación más severa de bibliotecas se produjo en las ciudades consideradas como objetivos militares; esto es, en donde se hallaban localizadas las zonas industriales.
La intensidad de los bombardeos en las urbes niponas varió. La ciudad de Aomori se le atacó, supuestamente, en "una ocasión", sin embargo la biblioteca pública fue completamente destruida; mientras en muchas otras ciudades las bombas cubrieron entre el 50 y 90 por ciento de su extensión. En Tokio se quemaron 27 bibliotecas sucursales y nueve escolares, por los daños causados, tuvieron que clausurar sus servicios. Las pérdidas de libros en el sistema bibliotecario metropolitano ascendió a 315,000 volúmenes. Diversas colecciones gubernamentales fueron igualmente destruidas.
Las bibliotecas públicas dañadas por la guerra, Keeney las agrupa de la manera siguiente:
Bibliotecas totalmente destruidas en: Aomori, Miyagi (Sendai), Ibaraki, Okayama, Kagama (Takamatsu), Tokusluma, Kochi, Oita, Fukuoka.
Bibliotecas en un 50 por ciento o más destruidas en: Toyama, Fukui, Gifu, Shizuoka, Mir (Tsu), Hgogo (Kobe), Kumamoto.
Bibliotecas requisadas por el Gobierno Militar en: Yamagata, Yamanashi, Ehime (Matsuyama). Estas bibliotecas fueron ocupadas como barracas o cuarteles.
Bibliotecas totalmente destruidas en: Tokio, Nagoya, Hiroshima. El autor no menciona a Nagasaki.
Según Keeney, las bibliotecas universitarias japonesas "casi escaparon" al severo daño que en comparación sufrieron las públicas. De esta clase de centros documentales menciona los de las universidades imperiales de Hokkaido, Kioto, Tokio, Tohoku, Kyushu, Osaka, Nagoya, Keto, Waseda y Doshisha. Este dato habría que ponerlo en tela de juicio, pues las escuadras de bombardeos en diversas ocasiones seleccionaban preferentemente como blancos a las más importantes bibliotecas. El propósito, por órdenes del Alto Mando: exterminar el pensamiento escrito y la cultura del adversario. Ésta ha sido una de las formas predilectas de los países en pugna para minar la moral de la población civil, y debilitar la retaguardia organizada. Práctica tan recurrente en los conflictos bélicos internacionales del siglo XX.
Las cifras en cuanto a las pérdidas de bibliotecas en el Japón durante esa conflagración mundial, obviamente, debieron ser muy superiores a las que describe Keeney. La forma tendenciosa en que presenta su escrito, es más que evidente. Es decir, la fuerzas armadas norteamericanas, según el autor, sólo destruyeron aquello que representaba un riesgo para la victoria y, quizás, un poco más de lo "inevitable" por azares de la guerra.
Finalmente, para evitar la pérdida de la memoria histórica, los bibliotecólogos necesitamos rescatar también los acontecimientos como el que hoy el pueblo nipón recuerda con profundo duelo. No se necesita ser un historiador para intentarlo, para buscar y encontrar la porción que nos corresponde analizar o simplemente conocer como profesionales de las bibliotecas.
Referencias
Keeney, Philip O. "Japanese libraries are war-damaged". pp. 681-684, 698. En: Library Journal. Vol. 73, no. 9 (May 1, 1948).
Rzheshevskii, Oleg A. Vtoraya mirovaya baina : mify i deistbitelnost [La Segunda Guerra Mundial : mito y realidad]. Moskva : Progress, 1984
Zentner, Kurt. Illustrierte geschichte des Zweiten Weltkriegs [Historia ilustrada de la Segunda Guerra Mundial]. Munchen : Sudwest Verlag Neumann, 1963.
6 de agosto, 1997
Fuente: http://www.cebi.org.mx/niponas.html
Felipe Meneses Tellofmeneses@correo.unam.mx

3 comentarios:

amor que soy dijo...

duele, pero más duele la sangre humana

airmatepont@uolsinectis.com.ar dijo...

EXCELENTE ESTE ARTICULO, PARA QUE
NOS SIGA MOSTRANDO EL HORROR DE
LA GUERRA, NO SOLO SE MATA EL CUERPO SINO PRETENDEN MATAR LAS IDEAS Y LA HISTORIA.
"BARBAROS LAS IDEAS NO SE MATAN"

Ignacio Reiva dijo...

En la última guerra en Medio Oriente quedó claro que el objetivo eran los centros de estudio, religiosos y bibliotecas. Cada vez que se equivocaba el objetivo, la bomba caía en uno de estos y eso pasaba muy seguido. Tal vez las guerras no sean más que atentados contra la cultura tradicional camufladas de conflictos humanos. Un saludo.