9 nov. 2010

"SI LOS LIBROS DE PAPEL SE MUEREN, SERÁ MUY DESPACIO"

BLANCA TORQUEMADA

Paul Holdengraber es director de programas de la Biblioteca Pública de Nueva York

Se define como «agitador de lectura».

-Sí. Cuando llegué a la biblioteca, hace cinco años, me pidieron que la oxigenara. «Ya sabes -me dijo el presidente-, tenemos dos leones ante el edificio. ¡Quiero que rujan!». Y me empeñé en que una institución con tanto peso, con 52 millones de libros, sirva a la gente para cambiar su vida.

-Desde entonces no es una biblioteca al uso.

-Porque invito a casi todo el mundo. En estos días a Angela Davis y Toni Morrison, a Keith Richards de los Rolling Stones... Y también han pasado por aquí escritores españoles como Javier Marías o Antonio Muñoz Molina.

-¿Son tertulias a lo grande?

-Lo que quiero es que la palabra cambie a la gente. ¡Tú no te puedes hacer cosquillas a ti mismo! Pasamos un tiempo infernal delante de un ordenador y necesitamos tener conversaciones de tú a tú donde se puedan palpar la ironía y las sutilezas.

-¿Más españoles han toreado en su ruedo?

-Ferran Adrià. Y disfrutó mucho. Lo único malo es que en esa ocasión me invitó a su restaurante y dos meses después ya no había restaurante.

-¿Son necesarios estos «happenings» para que las bibliotecas no mueran en la era digital?

-Es verdad que la gente ya no lee de la misma manera. Pero yo digo que el mundo digital y el de papel pueden vivir juntos. Y muy bien.

-¿Hasta cuándo? La evolución es vertiginosa.

-A quien me habla de esto le recuerdo lo que dijo Paul Valéry: que el futuro ya no es lo que era. ¡Cambia siempre! Lo que nunca va a cambiar es la pasión de saber, porque es muy excitante, casi un afrodisiaco. Para mí, leer es una pasión privada, pero yo hago que durante un rato se haga pública. Así cuando Norman Mailer estuvo aquí con Günter Grass (fue la última vez que Mailer habló en público) la gente vino y después se fue a su casa a leerlo. Y escuchar al escritor cambia en buena medida la experiencia que tienes de sus libros.

-Encuentros con los autores aparte, leer en una biblioteca también es de por sí diferente.

-Naturalmente. Porque leemos en un espacio. Proust dijo en su ensayo «Sobre la lectura» que el libro es importante, pero el sitio donde lees también. Y como le molestaba tanto que su madre le interrumpiera con «¡Marcel, a comer!», decidió leer cuando todos estaban durmiendo. Y en un espacio público como una biblioteca también cambia la experiencia. «Oyes» a otras personas leyendo.

-¿Los e-books (libros electrónicos) están ya zampándose a los de papel en Estados Unidos?

-Ya Amazon vende más e-books que libros, pero creo que el futuro no hace que lo importante desaparezca. Yo soy un poco un dinosaurio y me gusta la experiencia táctil de los libros, tocarlos. Y hay negocios editoriales que desaparecen, pero otros crecen. Recibo cincuenta libros nuevos al día. Si los libros de papel se mueren, será muy despacio.

-Pero las bibliotecas pueden terminar convirtiéndose más en espacio para bibliófilos que para lectores en general.

-Nunca una biblioteca ha sido para todo el mundo. Ahora ha cambiado la manera en que tenemos acceso al conocimiento, pero no cambia ese momento magnífico en el que un libro te da placer.

-Dieciocho millones de visitantes al año. ¿Quizá porque la institución en la que trabaja se ha convertido. además. en atracción turística?

-Puede. Y la conversión, ya sea religosa o a la lectura, no les sucede a todos. Pero esta biblioteca es también un lugar en el que la gente se siente en su casa. Hay turistas, naturalmente, pero hay mucha gente que viene aquí porque es un tercer pulmón para ellos, otra manera de vivir.

-En todo caso, al que entra intenta captarlo.

-Siempre. Me considero una especie de «intelectual público» y estoy convencido de que un libro puede cambiar tus contingencias y la manera en la que ves el mundo.

Desde el ágora del siglo XXI

En la metrópoli por excelencia, Holdengraber ha convertido la New York Public Library en un foro global donde los lectores se encuentran con sus autores favoritos sin la fría intermediación digital. Un reto afrontado con contagioso entusiasmo por este judío cosmopolita que se define como «construción de mezclas. Mis padres son austriacos, mis abuelos de Rusia y Rumanía. Estudié en Bélgica y en Francia y me doctoré en Literatura en Princeton. Fui profesor durante muchos años... y de algún modo aún lo soy». Ha viajado a España para dictar la conferencia «Una biblioteca llamada deseo» en Alhóndiga Bilbao.