4 ene 2010

MURIÓ SANDRO DE AMÉRICA

En una demostración de cómo Sandro cosechó el afecto de sus fans mucho más allá de las fronteras de la Argentina, la noticia de su muerte impactó en apenas minutos en los portales de Internet de varios portales de los principales medios de la región y España.

Es que, como resaltó desde el titulo El Informador de México, el Gitano no era sólo un ídolo de la Argentina, era "Sandro de América".

Su figura era tan conocida en la región que en países como Uruguay o Paraguay los portales no necesitaron más aclaraciones que las de que "Murió Sandro".

La noticia también llegó de inmediato a España, publicada, entre otros, por los sitios de los diarios El País y ABC.

http://www.clarin.com/diario/2010/01/04/um/m-02112943.htm

Editoriales y tiendas de libros ante el espejo de la industria de la música

Lo bello y lo tristeMerece la pena leer los comentarios de fesja en eConectados a las posturas de los editores y libreros en España ante el libro electrónico, recogidas en El País. No estoy de acuerdo con todo lo que dice, pero sí con el argumento principal: el baile ha empezado y quien crea que la integración con internet de una industria se puede quedar en la mera "digitalización" - permanencia de los mismos procesos, los mismos actores, el mismo negocio y los mismos márgenes con bits que con átomos - es que no ha aprendido nada de lo que ha ocurrido con otras industrias, desde los viajes hasta la música pasando por la información.

Libreros tradicionales Vs nuevos libreros

La estrategia de las editoriales para el 2010 pasa por ofrecer herramientas tecnológicas para que los libreros de siempre vendan libros electrónicos. No coincido con fesja en que necesariamente estemos ante un proceso de desintermediación, pero sí que quien es buen comerciante en offline no lo es necesariamente en online. Sólo quien sepa de internet y haga una apuesta decidida por el nuevo formato puede tener éxito, y en la red se aplicarán economías de escala: no parece probable que sobreviván miles de tiendas que vendan todas el mismo producto, la tendencia es la concentración a favor de quien da el mejor servicio, tecnología y soporte. Lo que salva a las librerías de la existencia de un "Amazon español" es la ley del libro que fija los precios, algo que provoca que no se apliquen economías de escala al sector, pero también que a veces resulte más barato comprarlos en Estados Unidos. Este tipo de protección cuando se tiene que formular una oferta frente a la copia gratis deja de tener sentido alguno.

Pensar en la capacidad de prescripción como tabla de salvación del librero tradicional es una apuesta por el corto plazo, en la propia red aparecen los nuevos influenciadores, desde expertos y críticos hasta otros usuarios. Varios estudios de la influencia en decisiones de compra apuntan a estos entornos como cada vez más decisivos. ¿Salvó acaso este rol a los vendedores de las tiendas de discos? .

Amazon Kindle

Las editoriales ante internet más allá del libro electrónico

Respecto a las editoriales, si por el "status quo" quieren cuidar la relación con los libreros, deberían ir pensando en un plan B. De otro modo quedarán en manos de Amazon y un par de actores más que controlarán la relación con el cliente, ¿Vender directamente? Sí, pero no: los usuarios tenderán a preferir plataformas que concentren toda la oferta porque resulta una mejora experiencia que tener que ir buscando de web en web. La industria audiovisual ha parido Hulu, las discográficas están detrás de Spotify... posiblemente después de enfrentarse a la realidad de 2010 veamos algo en ese sentido por parte de las editoriales. Todavía queda camino para que el libro electrónico sea de una adopción significativa en España, pero es un error estratégico dejar que sean el P2P y las descargas gratis las que satisfagan esta demanda.

Hablamos de desintermediación, pero también toca empezar a plantearse el escenario de la autoedición en plataformas como Bubok, algo que empieza a ser interesante para esa gran mayoría de escritores que vende pocos ejemplares y para la que la escritura es poco más que un hobby remunerado. No creo que las editoriales tengan que volverse locas en los próximos meses - creo que el cambio va a ser más pausado que en otras industrias - pero sí que a medio plazo su rol estará más cerca de una empresa de marketing especializada, como las discográficas.

DRM y precio del libro

El mundo digital tiene una característica ineludible para quien quiera vender contenidos: la copia es exactamente igual al original. Esto provoca que por un lado se tenga la tentación del DRM para intentar evitar que se copie, algo que los libros digitales volveremos a discutir. El resultado de estas prácticas es que, por un lado cuando compro en Amazon realmente no estoy comprando, estoy poco menos que alquilando: no puedo revender el libro, tampoco prestarlo; por otro, tenemos la incompatibilidad entre formatos, tiendas que venden libros sólo para algunos dispositivos, usuarios que quedan atrapados en una plataforma y que perderían los libros si se cambian. Estos problemas ya los hemos vivido con la música, aunque es posible que se toleren mejor en el entorno del libro por la diferente forma en que se consumen: generalmente leemos una vez y, si acaso, volvemos a consultar. Siendo así es posible que nos duela menos el DRM siempre y cuando...

... siempre y cuando el precio del libro electrónico sea mucho menor. De entrada porque la percepción de valor por parte del comprador es menor (es un fichero, asume que los costes de distribución son tienden a cero), pero también porque se vende en un entorno en el que la copia es posible y perfecta. ¿Cómo se puede luchar contra el todo gratis del P2P? Con experiencia de usuario. La mala noticia para las editoriales es que quien está haciendo esto es Amazon con Kindle: desde el dispositivo tener al alcance inmediato la gran biblioteca universal, algo mucho más satisfactorio que buscar, descargar, comprobar, pelearse con el formato que supone la descarga de libros de P2P o de los servicios tipo Megaupload o Scribd. Sin ir más lejos, he estado probando a buscar libros de Kawabata en la red para descargar gratis y la experiencia no ha podido ser más frustrante, los grandes best-sellers son fáciles de localizar, la larga cola no tanto.

Posibles escenarios del futuro para libreros, editoriales y autores

Llegar tarde a la reconversión o hacerla bajo la asunción de que en el fondo "no va a cambiar nada" es una forma tan válida como cualquier otra de suicidio. Como cualquier sector que se enfrenta con la integración con internet - y no sólo con la digitalización - lo que se puede esperar es que cambien procesos, negocios, que caigan algunos elementos de la cadena de valor que ya no son necesario, que cambien márgenes y comisiones y que surjan nuevos actores en la distribución, comercialización y el marketing. No quiero acabar el artículo sin subrayar los dos últimos párrafos que ha escrito fesja:

Las librerías se convertirán en Cafés de tertulia. Esta propuesta es algo personal, pero creo que una manera muy interesante para las librerías de reconvertirse (y la única a medio-largo plazo) es añadir una cafetería y tener sesiones de tertulia, traer a escritores a dar charlas, tener un ambiente cómodo rodeado de gente que le guste leer. Librería + Café Gijón. Tendrían una web con comunidad donde se hablaría también virtualmente, recomendarían nuevos libros, y tendrían una web de venta de libros electrónicos.

Lo que no tiene sentido es proteger lo improtegible. Las librerías cerrarán como han cerrado las tiendas de discos y los videoclubs, y como están cerrando las tiendas de videojuegos. Los precios bajarán por muchas leyes que hagan (buscar libro en google=coste cero). La única duda es cuánto quieren sufrir, ¿quieren trazar ellos la ruta hacia la digitalización de los libros o quieren que se la fijemos sus clientes? Este año lo veremos…


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2 ene 2010

Julio Cortázar y el realismo mágico: las fabulosas herramientas del discurso literario de un genio


Cortázar

Julio Florencio Cortázar nació en Bruselas en 1914, y murió en 1984 en París. En 1938 publicó su primera colección de poemas, Presencia, tras la cual comenzaron a aparecer sus libros de cuentos: Bestiario (1948), Historias de cronopios y famas (1951), Final del juego (1956) y Las armas secretas (1959), por mencionar algunos. Aunque escribió varias novelas, probablemente la más conocida sea Rayuela (1962), una propuesta de deconstrucción del texto facilitada por la ruptura de la pauta convencional de linealidad narrativa.

Al hablar de Cortázar es inevitable que nos venga a la mente el concepto de realismo mágico. ¿Pero qué es el realismo mágico? El término “realismo mágico” se acuñó en la crítica artística (fue utilizado por el crítico alemán Franz Roh en 1925 para caracterizar un grupo de pintores post-expresionistas) y se extendió a la literatura. El realismo mágico sirvió para definir una tendencia en la narrativa hispanoamericana entre 1950 a 1970, tendencia en la que se suele incluir a Julio Cortázar. El realismo mágico se define como la preocupación estilística y el interés en mostrar lo común y cotidiano como algo irreal o extraño. El papel del narrador es fundamental, ya que muestra cosas raras o mágicas como normales y cotidianas (o muestra aspectos normales y cotidianos como si fueran aspectos raros o mágicos).

La estrategia del escritor consiste en sugerir un clima sobrenatural sin apartarse de la naturaleza y su táctica es deformar la realidad. Personajes, cosas, acontecimientos son reconocibles y razonables, pero como el narrador se propone provocar sentimientos de extrañeza, se abstiene de aclaraciones lógicas. Los personajes no se desconciertan ante lo sobrenatural y lo aceptan como un aspecto más de su existencia, lo que conduce a una mayor sensación de extrañeza para el lector. Esto ocurre, por ejemplo, en el relato de Cortázar Axolotl, donde el personaje/narrador acaba aceptando de manera fatídica una transformación en pez. Otros autores representativos de esta tendencia son Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges o Isabel Allende.

La casa tomada

Al analizar de qué manera Cortázar transforma su historia en discurso, partimos de la base de que en la mayoría de sus textos ya de por sí es complicado definir dicha historia. Manteniendo el ejemplo del relato Axolotl, ¿narra Cortázar la historia de un pez que se cree hombre, de un hombre que se cree pez, o de un pensamiento de hombre que se cuela en la consciencia de un pez? Sea como sea, podríamos resumir la historia de la siguiente manera: Un hombre visita un acuario. Comienza a visitarlo con frecuencia. El hombre se transforma en pez. Pero, ¿cómo convierte Cortázar esta fábula aparentemente sencilla en un complejo entramado discursivo? El uso estudiado de diversas estrategias narrativas (desde el tipo de narrador y narratario hasta el ritmo temporal y las formas verbales) nos revela que nos hallamos ante una forma de narrativa personal, una forma de representación indirecta del pensamiento del narrador/personaje que podría definirse como monólogo autonarrado, en el que convergen no sólo las perspectivas del narrador y del personaje, sino también el pasado con el presente. Podríamos también considerar, sobre todo conforme avanza el texto y la narración se vuelve más personal, más intimista, que nos hallamos ante una psiconarración, ya que el personaje abandona su tono neutral para plantearnos sus temores, sus dudas y observaciones subjetivas. Podemos deducir, asimismo, que la transformación de la historia en discurso es, gracias a una construcción que obtiene una implicación mucho mayor del lector y una serie de posibilidades mucho más amplia que otras modalidades de narración, bastante más que una simple trasposición adornada: Cortázar consigue crear un texto de múltiples sentidos, rico en simbología, con un ritmo estudiado y eficaz, cierta ambigüedad efectiva y un narrador/personaje lleno de vida.

Si bien Axolotl sería un ejemplo perfecto de esta transformación sorprendente de fábula en literatura, el análisis ponderado de otros relatos de Cortázar como Casa tomada, que ha proporcionado serios dolores de cabeza a lectores, críticos y teóricos nos muestra la riqueza semiótica, hermenéutica y técnica de este genio de la creación artística, este maestro de la comunicación.

FUENTE

28 dic 2009

LA PEQUEÑA BIBLIOTECA DE AUSCHWITZ


Las líneas de ferrocarril conducen hacia la fachada de ingreso de Auschwitz,
el macabro sitio donde el nazismo despojo del don milagroso
de la vida a millones de seres humanos.

En la segunda guerra mundial, en medio del horror de la locura nazi, muchos judíos consumaron un poderoso acto de resistencia. Continuaron leyendo. Ocultaron libros prohibidos que se distribuían entre sí. También, en algunos casos, aquellas obras fluían, como en la conocida novela de Bradbury Farenheit 451, de boca en boca, a través del recitado y el poder de la memoria. El ensayista argentino Alberto Manguel, a partir de un hecho personal, inicia una incursión por aquel acontecimiento extraordinario, no muchas veces atendido por los historiadores: las bibliotecas ambulantes que sobrevivieron en el espanto de los campos de concentración como una forma decidida de la esperanza. Un símbolo que brota, desde el vientre doloroso de la historia, del valor de los hombres y mujeres que, hasta el último momento, lucharon por el resplandor de su dignidad.

E.I

El fragmento que presentamos aquí pertenece a una obra de futura publicación. Agradecemos por habernos puesto en conocimiento de tan valioso texto a Pablo Hacker para quien, a través de sus palabras:

"A partir del hallazgo de un libro litúrgico judío en el mercado de pulgas de Berlín, el ensayista argentino (Alberto Manguel) remonta el circuito secreto de los libros en los campos de exterminio nazi".


LA PEQUEÑA BIBLIOTECA DE AUSCHWITZ
La lectura en las barracas

Por Alberto Manguel

Mágicamente, cada uno de mis libros guarda la historia de su supervivencia. Cada uno de ellos logró escapar del fuego, del agua, del paso del tiempo y de la mano del censor, para contarme su historia.

Hace unos años, en un puesto del mercado de pulgas de Berlín, encontré un delgado libro negro encuadernado con tapas duras de tela, sin ningún tipo de leyenda. La página de portada, en una delicada caligrafía gótica, declaraba que era un Gebet-Ordnung für den Jugendgottesdienst in der jüdisschen Gemeinde zu Berlin (Sabbath-Nachmittag), en castellano, Libro litúrgico del servicio de jóvenes en la comunidad judía de Berlín (Noche de Sabbath). Entre las oraciones se incluye una "para nuestro rey, Guillermo II, Kaiser del Reich Alemán". Se trataba de la octava edición, impresa por Julius Gittenfeld en Berlín en 1908, y había sido comprado en la librería de C. Boas Nachf, en el número 69 de la Neue Friedrichstrasse, "en la esquina de Klosterstrasse", una esquina que ya no existe. En ninguna parte se mencionaba el nombre de su dueño.

Un año antes de que el libro fuera impreso, Alemania había rechazado las limitaciones de armamentos propuestas por la Conferencia de Paz de La Haya; unos meses después, la Ley de Expropiación decretada por el canciller del Reich y Presidente de Prusia Fürst Bernhard von Bülow autorizaba más asentamientos alemanes en Polonia y, a pesar de que prácticamente nunca fue aplicada contra los terratenientes polacos, le otorgaba a Alemania derechos territoriales que permitieron, en junio de 1940, el establecimiento de un campo de concentración en Auschwitz.

El dueño original del libro de oraciones probablemente tuviera trece años cuando compró el volumen o se lo regalaron, la edad a la que le habrían permitido sumarse a las plegarias de la sinagoga. Si sobrevivió a la Primera Guerra Mundial, habría tenido treinta y ocho años cuando nació el Tercer Reich en 1933; si se quedó en Berlín, es probable que haya sido deportado, como muchos otros judíos de Berlín, a Polonia. Tal vez tuvo tiempo de entregarle el libro de oraciones a alguien antes de que se lo llevaran; quizá lo ocultó o lo dejó, junto con los otros libros que seguramente había coleccionado. Habría sido casi inconcebible para un hogar berlinés de los años 30 no hacer alarde de una biblioteca. Qué lecciones se aprendían de esos libros es otra cuestión. Sus bibliotecas no ayudaron a salvar a las víctimas.

"Toda víctima exige lealtad", escribió Graham Greene en El revés de la trama, y las víctimas literarias muchas veces ascienden al rango inesperado de héroes. Tal vez suceda que ninguna narrativa es posible sin una víctima dado que, paradójicamente, un protagonista es, en muchos casos, alguien a quien le suceden cosas. Privada de un papel verdaderamente activo, la víctima de todas maneras adquiere una identidad activa a través del discurso. La víctima se convierte en testigo (o lo invoca); la víctima tiene en mente la acción infame o la imprime en la mente de alguien que luego contará la historia. Porque la voz de la víctima es importantísima; el victimario muchas veces intentará silenciar a las víctimas: cortándoles literalmente la lengua, como en el caso de la violada Filomela en Ovidio, o escondiéndolas, como hace el rey con Segismundo en La vida es sueño, o negando su historia, como en El fin de la historia, de Liliana Heker. En la vida real, las víctimas "desaparecen", se las encierra en un ghetto, se las envía a prisión o a campos de tortura, se les niega credibilidad. Los métodos son los mismos. Sólo cambian las metáforas. Existe cierta justificación para el intento, a través de la creación artística, de recordar a las víctimas, de restablecer su visibilidad, de erigir monumentos conmemorativos literarios que, gracias a un arte inspirado, actúen como pilares de algo que se acerque a la comprensión del sufrimiento de una víctima. Y esto, sin un objetivo visible o explícito: los autores de los libros en mis estantes no pueden haber sabido quién los leería, pero cada una de las historias que relatan anticipa o implica mi existencia, da testimonio de experiencias que todavía no tuvieron lugar.

Cuando los nazis iniciaron su destrucción y saqueo de las bibliotecas judías, el librero a cargo de la Biblioteca Sholem Aleichem en Biala Podlaska decidió salvar los libros transportando, día tras día, tantos como él y un colega pudieran trasladar, aunque creyera que muy pronto "no quedarían más lectores". Después de dos semanas, las posesiones habían sido trasladadas a un ático secreto, donde fueron descubiertas por el historiador Tuvia Borzykowski mucho después de que hubiera terminado la guerra. Al escribir sobre la acción del librero, Borzykowski observó que fue llevada a cabo "sin siquiera considerar si alguien alguna vez necesitaría los libros salvados": fue un acto de rescate de la memoria per se. El universo (según creían los antiguos cabalistas) no depende de lo que leamos, sino de la posibilidad de que lo leamos.

Desde la emblemática quema de libros llevada a cabo en una plaza de Unter en Linden, frente a la Universidad de Berlín, en la noche del 10 de mayo de 1933, los libros se convirtieron en un blanco específico de los nazis. Menos de cinco meses después de que Hitler se convirtiera en canciller, el nuevo ministro de Propaganda del Reich, el doctor Paul Joseph Goebbels, declaró que la quema pública de autores como Heinrich Mann, Stefan Zweig, Freud, Zola, Proust, Gide, Helen Keller, H.G. Wells le permitía "al alma del pueblo alemán volver a expresarse. Esas llamas no sólo iluminan el punto final de una era pasada; también echan luz sobre la nueva".

La nueva era proscribía la venta o circulación de miles de libros, tanto en negocios como en bibliotecas, así como la publicación de otros nuevos. Los libros que comúnmente se conservaban en los estantes de la sala de estar porque eran prestigiosos, informativos o entretenidos, de pronto se volvieron peligrosos. La posesión privada de los libros registrados estaba prohibida; muchos fueron confiscados y destruidos. Cientos de bibliotecas judías en toda Europa fueron quemadas, tanto colecciones personales como tesoros públicos. Un enviado nazi alegremente informó sobre la destrucción de la famosa biblioteca del Lublin Yeshiva en 1939: "Para nosotros fue una cuestión de especial orgullo destruir la Academia Talmúdica, conocida como la más grande de Polonia. Arrojamos la inmensa biblioteca talmúdica fuera del edificio y llevamos los libros al mercado, donde les prendimos fuego. El fuego duró veinte horas. Los judíos de Lublin se reunieron alrededor y lloraban con amargura, casi acallándonos con sus lamentos. Convocamos a la banda militar y, con gritos vivaces, los soldados ahogaron el ruido de los gritos judíos".

Al mismo tiempo, los nazis decidieron salvar algunos libros con fines comerciales y de archivo. En 1938 Alfred Rosenberg, uno de los principales teóricos nazis, propuso que las colecciones judías, inclusive la literatura secular y religiosa, se preservaran en un instituto dedicado al estudio de "la cuestión judía". Dos años más tarde, se inauguró el Institut zur Erforschung der Judenfrage en Francfort del Meno. Para procurar el material necesario, el propio Hitler autorizó a Rosenberg a crear un grupo de trabajo constituido por expertos libreros alemanes para seleccionar los tesoros robados: la notable ERR, "Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg". Entre las colecciones confiscadas que se incorporaron al Instituto estaban las bibliotecas de los seminarios rabínicos de Breslau y Viena, los departamentos Hebreo y Judaico de la Biblioteca Municipal de Francfort, la biblioteca del Collegio Rabbinico de Roma, de la Societas Spinoziana de La Haya y la Casa Spinoza de Rijnburg, de las editoriales holandesas Querido, Pegazus y Fischer-Berman, del Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam, la biblioteca de Beth Maidrash Etz Hayim, las bibliotecas del Seminario Israelita de Amsterdam, del Seminario Israelita Portugués y la Rosenthaliana, la biblioteca del rabino Moshe Pessah en Volo, la Biblioteca Strashun en Vilna (el nieto del fundador se suicidó cuando le ordenaron ayudar a catalogar los libros), bibliotecas en Hungría (donde se estableció un instituto paralelo sobre "la cuestión judía" en Budapest), bibliotecas en Dinamarca y Noruega, decenas de bibliotecas en Polonia (especialmente la gran biblioteca de la sinagoga de Varsovia y del Instituto para Estudios Judíos). De este volumen gigantesco, el equipo de Rosenberg seleccionó los libros que serían enviados a su Instituto; todos los demás fueron destruidos.
En febrero de 1943, el Instituto emitió las siguientes directivas para la selección del material de biblioteca: "todos los escritos que tengan que ver con la historia, cultura y naturaleza del judaísmo, así como los libros escritos por autores judíos en otros idiomas que no sean el hebreo y el yiddish, deben ser enviados a Francfort". Pero "los libros en hebreo o yiddish de fecha reciente, posteriores al año 1800, deben reducirse a pulpa; esto también se aplica a los libros de oraciones, Memorbücher, y a otros trabajos religiosos en idioma alemán". Con respecto a los muchos rollos de la Tora, se sugirió que "Tal vez se puede usar el cuero para encuadernación". Milagrosamente, mi libro de oraciones logró salvarse.

Siete meses después de que fueran pronunciadas estas directivas, en septiembre de 1943, los nazis establecieron un llamado "campo familiar" como una extensión de Auschwitz, en el bosque de abedules de Birkenau, que incluía un bloque separado, el "número 31", construido especialmente para los niños. El objetivo de este bloque era demostrarle al mundo que los judíos deportados al Este no eran asesinados. En realidad, se les permitía vivir seis meses antes de ser enviados al mismo destino que las otras víctimas deportadas. Finalmente, después de haber cumplido con su propósito propagandístico, el "campo familiar" fue cerrado de manera permanente.

Mientras estuvo abierto, el Bloque 31 albergó a 500 niños que convivían con varios "consejeros" y, a pesar de la estricta vigilancia, poseía, sorprendentemente, una biblioteca infantil clandestina. La biblioteca era minúscula: abarcaba ocho libros que incluían una Breve historia del mundo, de H.G. Wells, un libro de texto escolar ruso y una prueba de geometría analítica. En una o dos ocasiones, un prisionero de otro campo logró ingresar un nuevo libro de contrabando, de modo que la cantidad de unidades aumentó a nueve o diez. Por las noches, se guardaban los libros con otros bienes de valor como medicamentos y raciones de comida, en la pequeña habitación del niño de más edad del bloque. Una de las niñas se encargaba de ocultar los libros en un lugar diferente cada vez. Irónicamente, aquéllos que estaban prohibidos en todo el Reich (los de H.G. Wells, por ejemplo) podían encontrarse en las bibliotecas de los campos de concentración. Ocho o diez libros conformaban la colección física de la Biblioteca Infantil de Birkenau, pero había otros que sólo circulaban de boca en boca. Cuando lograban evitar la vigilancia, los consejeros recitaban a los niños libros que ellos mismos habían aprendido de memoria en otros tiempos, turnándose para que diferentes consejeros "leyeran" a diferentes niños cada vez: esta rotación se conocía como "intercambio de libros en la biblioteca".

Resulta casi imposible imaginar que bajo las condiciones intolerables impuestas por los nazis, la vida intelectual pudiera continuar. Una vez le preguntaron al historiador Yitzhak Schipper, que escribió un libro sobre los jázaros mientras era un prisionero del ghetto de Varsovia, cómo hizo su trabajo sin poder sentarse e investigar en archivos apropiados. "Para escribir historia", respondió, "hace falta una cabeza, no un
trasero". Muchos se hicieron eco de su sentimiento, reemplazando "escribir" por "leer". Había incluso una continuación de las rutinas comunes y cotidianas de la lectura. Saber de esta persistencia del espíritu agudiza el asombro y el horror: que en este tipo de condiciones espeluznantes hombres y mujeres aún siguieran leyendo sobre el Jean Valjean de Hugo y la Natasha de Tolstoi, completaran tarjetas de pedido de libros y pagaran multas por devoluciones retrasadas, discutieran los méritos de un autor moderno o siguieran una vez más los versos cadenciados de Heine. La lectura y los rituales de la lectura se convirtieron en actos de resistencia: como observó el psicólogo italiano Andrea Devoto, "todo podía considerarse resistencia porque todo estaba prohibido". En el campo de concentración de Bergen-Belsen circulaba entre los prisioneros una copia de La montaña mágica, de Thomas Mann; un niño recordó los minutos que le asignaban para tener el libro en sus manos como "uno de los mejores momentos del día, cuando alguien me lo pasaba. Iba a un rincón para estar tranquilo y luego tenía una hora para leerlo". Un joven lector polaco, recordando los días de miedo y abatimiento, dijo: "El libro era mi mejor amigo, nunca me traicionaba; me reconfortaba en mi desesperación; me decía que no estaba solo". Es difícil entender cómo los gestos humanos de la vida diaria continuaban aún cuando la vida diaria en sí se había vuelto inhumana; cómo en medio del hambre y la enfermedad, los golpes y la carnicería, hombres y mujeres persisten en rituales civilizados de curiosidad y ternura, inventando estratagemas de supervivencia en pos de un pedacito de algo amado, por un libro rescatado entre miles, un lector entre decenas de miles, por una voz que repetirá hasta el fin de los tiempos las palabras del sirviente de Job. "Y soy el único que escapó sólo para contarles."

A lo largo de la historia, la biblioteca del vencedor se erige como un emblema del poder, depositaria de la versión oficial, pero la versión que nos obsesiona es siempre la otra, la voz de las cenizas. La biblioteca de la víctima es la que constantemente formula las preguntas: ¿Cómo es posible? ¿Y qué puede conseguirse con la lectura mientras los libros se consumen entre las llamas? Mi libro de oraciones pertenece a esa biblioteca cuestionadora.

He aquí una respuesta. Un día de junio de 1944, Jacob Edelstein, ex superior del ghetto de Theresienstadt que había sido trasladado a Birkenau, estaba en sus barracas, envuelto en su manto ritual, diciendo las plegarias matutinas que había aprendido hacía mucho tiempo en un libro sin duda similar al mío. Acababa de comenzar cuando el teniente Franz Hoessler, de las SS, entró a las barracas para llevarse a Edelstein. Otro prisionero, Yossl Rosensaft, recordó la escena un año después: "De repente se abrió la puerta bruscamente y entró Hoessler, con un aire altanero, acompañado por tres hombres de las SS. Gritó el nombre de Jacob. Jacob no se movió. Hoessler vociferó: ''Lo estoy esperando, apúrese''. Jacob se dio vuelta muy lentamente, miró de frente a Hoessler y dijo en tono parsimonioso: ''En los últimos momentos sobre esta tierra que me conceda el Todopoderoso, yo soy el amo, no usted''. Acto seguido, volvió a darse vuelta para mirar a la pared y terminó sus oraciones. Luego dobló su manto de oración sin apuro, lo entregó a uno de los prisioneros y le dijo a Hoessler: ''Ahora estoy listo''".
(*)

(*) Fuente: Fragmento de La biblioteca de noche, ensayo de A. Manguel que será publicado el año próximo en Alianza y Norma. Traducción de Claudia Martínez.


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20 dic 2009

Los libros más censurados de la historia ( III)


Lolita

Terminamos con una tercera y última parte de la serie de artículos sobre libros prohibidos, censurados, recortados y vilipendiados en general por políticos, fanáticos religiosos y familias conservadoras de Massachussets:

-Las uvas de la ira, de John Steinbeck. La obra tuvo una recepción crítica salvaje, fruto del enfrentamiento entre los que consideraban el libro como una representación justa y necesaria de la terrible situación de la comunidad agrícola de California y aquellos que la consideraban una exageración de tintes comunistas y un compendio de violencia e inmoralidad. Hoy en día el consenso es que la obra fue prohibida y quemada en público por una razón mucho más sencilla: Le daba mala prensa a California.

-Lolita, de Vladimir Nabokov. Estaba claro que ésta tenía que aparecer tarde o temprano. Su retrato de la obsesión de un hombre hecho y derecho por una adolescente condujo a una prohibición en Francia, Reino Unido, Argentina, Nueva Zelanda y Sudáfrica. El personaje principal, Humbert Humbert, es experto en literatura francesa, citando, entre otros, a Gustave Flaubert, cuya obra magna, Madame Bovary, también fue censurada repetidamente en su nativa Francia, por sus connotaciones sexuales y morales al tratar el tema del adulterio.

-La metamorfosis, de Franz Kafka. De las pocas cosas en las que estaban de acuerdo nazis y comunistas: La metamorfosis exigía censura. No queda muy claro por qué no pasó el filtro de los censores de Hitler ni de Stalin, es posible que su terrible nihilismo se considerara demasiado cruel para lectores que ya convivían en un estado de desconcierto y alienación.

-Mein Kampf, de Adolf Hitler. No podemos dejar de mencionar un libro que, incluso a día de hoy, sigue manteniendo intacto su carácter polémico. Si bien en Alemania se prohíbe su venta, no es ilegal poseer una copia ni tomarla prestada de una biblioteca, aunque las versiones para bibliotecas se hallan editadas y comentadas. Recientemente Amazon y Barnes and Noble consiguieron permiso para vender ejemplares de Mein Kampf en su web alemana, pero decidieron paralizar estas ventas por presión de la opinión pública. Respecto a otros países, el contenido político y racista del libro ha impulsado diferentes medidas. Así, en Canadá, la mayor franquicia de librerías, Chapters/Indigo, se niega a vender la obra. En Francia se trata de una obra accesible al público, siempre que la edición en concreto lleve una serie de notas de acompañamiento. Estados Unidos no parece tener ningún problema con su venta y lectura (aquí ya se sabe que sólo molestan los pingüinos homosexuales y las palabrotas de Margaret Mitchell, como ya apuntamos en artículos anteriores), sin embargo tanto Austria como China prohíben su posesión y venta, si bien en China puede consultarse en determinadas bibliotecas, sólo para fines documentales.

Uvas de la ira

En México también es ilegal comprar o poseer una copia, si bien es posible encontrarlas en algunas librerías pequeñas y algunos comercios “piratas”. En Holanda se considera ilegal vender la obra, pero es perfectamente legal poseerla y prestarla. Suiza es un caso especial, ya que su inexistencia en dicho país se debe más a una cuestión de derechos de autor y de traducción que de censura. En la antigua URSS la obra se hallaba vetada, pero en la actualidad está disponible y se reedita con frecuencia, si bien en 2009 se abogó, sin éxito, por su prohibición.

Por supuesto hasta aquí hemos mencionado sólo algunos de los libros que han ido arrastrando polémica y censura a lo largo de su tiempo de vida, tal vez los más llamativos. Seguro que vosotros, los lectores, conocéis muchos más. Google lleva un par de años celebrando la “Semana de los libros prohibidos”, en la que se fomenta la lectura de las obras que más controversia han provocado en los últimos años. Algunos colegios, conscientes del atractivo de lo prohibido, han conseguido que sus alumnos lean algunos clásicos de la literatura universal simplemente colocándolos en una estantería de su biblioteca donde colgaron carteles con indicaciones como “no autorizado para menores de 14 años” o “prohibida su lectura por contenido inmoral”.

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