Treinta preceptos para usar un libro
En 1909, Harold Klett publicó en The Library Journal de Nueva York un artículo titulado “Don’t”, en el que se recogían 30 preceptos (mejor dicho, prohibiciones) relacionados con los libros.
Son los siguientes:
1.- No leer en la cama.
2.- No poner notas marginales, a menos que sea un Coleridge.
3.- No doblar las puntas de las hojas.
4.- No cortar con negligencia los libros nuevos.
5.- No garabatear vuestro interesante y precioso autógrafo en las páginas del título.
6.- No poner en un volumen de un peso, una encuadernación de cien pesos.
7.- No mojar la punta de los dedos para dar más fácilmente la vuelta a las hojas.
8.- No leer comiendo.
9.- No fiar los libros preciosos a malos encuadernadores.
10.- No dejar caer sobre el libro las cenizas del cigarro, y aún mejor no fumar leyendo. Esto perjudica la vista.
11.- No arrancar de los libros los grabados antiguos.
12.- No colocar vuestros libros sobre el borde exterior o canal, como se hace frecuentemente cuando se lee y se interrumpe momentáneamente la lectura, en vez de tomarse el trabajo de cerrar el libro después de haber puesto una señal.
13.- No hacer secar hojas de plantas dentro de los libros.
14.- No tener los estantes de las bibliotecas encima de los picos del gas.
15.- No sostener los libros sujetándolos por las tapas.
16.- No estornudar sobre las páginas.
17.- No arrancar las hojas de guarda de las tapas.
18.- No comprar libros sin valor.
19.- No limpiar los libros con trapos sucios.
20.- No tener los libros encerrados en arquillas, escritorios, cómodas, ni armarios: tienen necesidad de aire.
21.- No encuadernar juntos dos libros diferentes.
22.- En ningún caso sacar las láminas y los mapas de los libros.
23.- No cortar los libros con horquillas para el cabello.
24.- No hacer encuadernaciones de los libros en cuero de Rusia.
25.- No emplear los libros para asegurar las sillas o mesas cojas.
26.- No arrojar los libros a los gatos, ni contra los niños.
27.- No romper los libros abriéndolos enteramente y por la fuerza.
28.- No leer los libros encuadernados muy cerca del fuego o de la chimenea, ni en la hamaca, ni embarcado.
29.- No dejar que los libros tomen humedad.
30.- No olvidar estos consejos.
8 nov 2008
7 nov 2008
NO DAN GANAS DE LLORAR?
BIBLIOTECA EN RUINAS EN RUSIA......
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Diccionario del habla de los argentinos
Los argentinos tendrán su diccionario del Bicentenario
El presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Barcia, afirmó que una segunda edición del Diccionario del habla de los argentinos 'es un proyecto que avanza hacia la celebración del Bicentenario' , ya que hace consciente al país de su identidad nacional a partir de su lengua común y su historia.
'Cuando usted reúne las voces propias de un pueblo es un poco la definición de un grado de identidad de ese pueblo que se reconoce a sí mismo en un diccionario que le muestra lo que él cree', dijo Barcia a TELAM, en relación a esta obra recién publicada por la editorial Emecé.
La segunda edición -ampliada y corregida- 'también nos ayuda a consolidarnos como comunidad integrada, porque la lengua es un primer elemento de inclusión social', dijo Barcia.
'El pueblo es un poco ingenuo e ignorante de la capacidad que tiene para crear voces. Ahora la Academia aviva al gil. Le dice: 'esto es tuyo lo has creado vos'. Y se lo presenta ordenadamente: el diccionario reafirma la identidad, el sentido de pertenencia y la diferenciació n en un mundo donde parece que todo se fuera mezclando y todo de un mismo color', resaltó.
Explicó que es un diccionario 'dialectal nacional' que registra voces ('curtir', 'facilongo', 'gilastrún') y frases ('hacer boleta', 'no hay drama', 'conciliación obligatoria' ) de uso argentino, y no contiene las correspondientes a la lengua general ('palestra', 'tenaza', 'marcapaso' o 'hacerse ilusión')'.
De los seis diccionarios que hay 'de autoría colegiada' elaborados por la Academia (Argentina, Chile, Colombia, Uruguay, Nicaragua y Honduras) el argentino es el 'más caudaloso'.
'Ninguno tiene nuestra extensión, ni ejemplos reales, ni tampoco tiene eso que yo llamo la pequeña historia de la palabra -recalcó-. Usted se sienta una tarde con dos diccionarios y hace una historia de la palabra del tratamiento dado por los lexicógrafos' .
Este diccionario 'diferencial' , que no contiene palabras o expresiones de uso peninsular español, viene de lejos, recordó Barcia: 'En nuestro boletín había una sección que se llamaba 'Acuerdos sobre el habla de los argentinos' donde se iban aprobando palabras y así se llegó a cuatro tomos. De modo que la base ya era firme'.
Después se publica el registro del habla de los argentinos que es un primer adelanto, 'y cuando me toca asumir como presidente de la Academia, empujo la definición de un diseño macro del diccionario a partir del cual comenzamos a trabajar. Esta continuidad en el esfuerzo nos lleva a una producción más grande y más sistemática', explicó el presidente de la Academia.
'Nos hemos preocupado por consignar casi todos aquellos términos que tienen que ver con la vida cotidiana argentina y tienen menos posibilidad de que se internacionalicen, pero hay una aclaración que hacer: nosotros decimos con prudencia 'el habla de los argentinos', pero no decimos 'argentinísimos' como tal porque supondría un uso exclusivo', señaló.
'La palabra bacán es de origen nuestro pero la usa Chile, Uruguay, Costa Rica y Colombia. En una reunión en Colombia me decían el académico bacán y yo pensaba: 'no tienen la menor idea que yo soy un pobre docente'. Y resulta que llaman bacán al tipo que viste informalmente' , mencionó.
Cada voz o frase de este diccionario va acompañadas de citas reales, no inventadas, tomadas de diversas fuentes argentinas: literatura, oralidad folclórica editada, letras de canciones popularizadas, diarios de la capital y del interior -'con un lenguaje cada vez más neutral', observó Barcia-, revistas y sitios electrónicos.
El diccionario recoge también los argentinismos más frecuentes heredados de las principales lenguas indígenas de nuestro país: quechua ('cóndor', 'quirquincho' ), guaraní ('yaguareté', 'yarará') y mapuche ('laucha', 'choique', 'cultrum').
Además, contiene voces de diversa procedencia: de pueblos de otras lenguas, inmigrantes en nuestro país: italianismos ('torteleti' ), francesismos ('placar'), afronegrismos ('catinga', 'quilombo').
De hablas populares especiales: lunfardo ('batir', 'balurdo'), del fútbol ('chilena', 'bostero'), de drogadictos ('anfeta'. 'mambeado'), hípicas ('cabulear') ; de música popular ('bailanta') , juvenil ('bajar un cambio', 'chabón'); de registro rural ('estar alzado'), coloquial ('chinchudo' ), vulgar ('franelear' ), etcétera.
Barcia resaltó el carácter patrimonial de este diccionario: 'Su contenido es un bien común del pueblo, que lo crea y modifica a través de los años. La Academia lo recoge de boca de los compatriotas, lo estudia y lo propone. Da fe de que se usa, opera como una simple escribana de la lengua'.
'Hay 5.000 palabras pero todavía faltan muchas porque la dificultad del diccionario es que todos los de la comisión tienen que ponerse de acuerdo. Es muy lento. Cuando llevé la palabra 'pene' la duda era si llevar cada una de las acepciones: 'pichila', 'chingo', etcétera. Dije, llevo todo junto para que el espasmo se de una sola vez', concluyó
Fuente: Diario Crítica de la Argentina
El presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Barcia, afirmó que una segunda edición del Diccionario del habla de los argentinos 'es un proyecto que avanza hacia la celebración del Bicentenario' , ya que hace consciente al país de su identidad nacional a partir de su lengua común y su historia.
'Cuando usted reúne las voces propias de un pueblo es un poco la definición de un grado de identidad de ese pueblo que se reconoce a sí mismo en un diccionario que le muestra lo que él cree', dijo Barcia a TELAM, en relación a esta obra recién publicada por la editorial Emecé.
La segunda edición -ampliada y corregida- 'también nos ayuda a consolidarnos como comunidad integrada, porque la lengua es un primer elemento de inclusión social', dijo Barcia.
'El pueblo es un poco ingenuo e ignorante de la capacidad que tiene para crear voces. Ahora la Academia aviva al gil. Le dice: 'esto es tuyo lo has creado vos'. Y se lo presenta ordenadamente: el diccionario reafirma la identidad, el sentido de pertenencia y la diferenciació n en un mundo donde parece que todo se fuera mezclando y todo de un mismo color', resaltó.
Explicó que es un diccionario 'dialectal nacional' que registra voces ('curtir', 'facilongo', 'gilastrún') y frases ('hacer boleta', 'no hay drama', 'conciliación obligatoria' ) de uso argentino, y no contiene las correspondientes a la lengua general ('palestra', 'tenaza', 'marcapaso' o 'hacerse ilusión')'.
De los seis diccionarios que hay 'de autoría colegiada' elaborados por la Academia (Argentina, Chile, Colombia, Uruguay, Nicaragua y Honduras) el argentino es el 'más caudaloso'.
'Ninguno tiene nuestra extensión, ni ejemplos reales, ni tampoco tiene eso que yo llamo la pequeña historia de la palabra -recalcó-. Usted se sienta una tarde con dos diccionarios y hace una historia de la palabra del tratamiento dado por los lexicógrafos' .
Este diccionario 'diferencial' , que no contiene palabras o expresiones de uso peninsular español, viene de lejos, recordó Barcia: 'En nuestro boletín había una sección que se llamaba 'Acuerdos sobre el habla de los argentinos' donde se iban aprobando palabras y así se llegó a cuatro tomos. De modo que la base ya era firme'.
Después se publica el registro del habla de los argentinos que es un primer adelanto, 'y cuando me toca asumir como presidente de la Academia, empujo la definición de un diseño macro del diccionario a partir del cual comenzamos a trabajar. Esta continuidad en el esfuerzo nos lleva a una producción más grande y más sistemática', explicó el presidente de la Academia.
'Nos hemos preocupado por consignar casi todos aquellos términos que tienen que ver con la vida cotidiana argentina y tienen menos posibilidad de que se internacionalicen, pero hay una aclaración que hacer: nosotros decimos con prudencia 'el habla de los argentinos', pero no decimos 'argentinísimos' como tal porque supondría un uso exclusivo', señaló.
'La palabra bacán es de origen nuestro pero la usa Chile, Uruguay, Costa Rica y Colombia. En una reunión en Colombia me decían el académico bacán y yo pensaba: 'no tienen la menor idea que yo soy un pobre docente'. Y resulta que llaman bacán al tipo que viste informalmente' , mencionó.
Cada voz o frase de este diccionario va acompañadas de citas reales, no inventadas, tomadas de diversas fuentes argentinas: literatura, oralidad folclórica editada, letras de canciones popularizadas, diarios de la capital y del interior -'con un lenguaje cada vez más neutral', observó Barcia-, revistas y sitios electrónicos.
El diccionario recoge también los argentinismos más frecuentes heredados de las principales lenguas indígenas de nuestro país: quechua ('cóndor', 'quirquincho' ), guaraní ('yaguareté', 'yarará') y mapuche ('laucha', 'choique', 'cultrum').
Además, contiene voces de diversa procedencia: de pueblos de otras lenguas, inmigrantes en nuestro país: italianismos ('torteleti' ), francesismos ('placar'), afronegrismos ('catinga', 'quilombo').
De hablas populares especiales: lunfardo ('batir', 'balurdo'), del fútbol ('chilena', 'bostero'), de drogadictos ('anfeta'. 'mambeado'), hípicas ('cabulear') ; de música popular ('bailanta') , juvenil ('bajar un cambio', 'chabón'); de registro rural ('estar alzado'), coloquial ('chinchudo' ), vulgar ('franelear' ), etcétera.
Barcia resaltó el carácter patrimonial de este diccionario: 'Su contenido es un bien común del pueblo, que lo crea y modifica a través de los años. La Academia lo recoge de boca de los compatriotas, lo estudia y lo propone. Da fe de que se usa, opera como una simple escribana de la lengua'.
'Hay 5.000 palabras pero todavía faltan muchas porque la dificultad del diccionario es que todos los de la comisión tienen que ponerse de acuerdo. Es muy lento. Cuando llevé la palabra 'pene' la duda era si llevar cada una de las acepciones: 'pichila', 'chingo', etcétera. Dije, llevo todo junto para que el espasmo se de una sola vez', concluyó
Fuente: Diario Crítica de la Argentina
6 nov 2008
Hacia una lectura posible
Ofrecer un libro que ya se ha leído concede a los demás la posibilidad de aprender lo que uno aprendió, ese es el fin del Programa Libros en las escuelas de Escribirte.com.ar
Es una tarea con destino incierto pretender que cualquier hecho del pasado que se precie de digno pueda cruzar las distintas barreras de las épocas ajeno a la escritura. Puede que alguna tradición oral, aquellas que legaron a nuestros padres las voces de otros abuelos, tengan suficiente peso como para evitar el olvido. Puede llegar a ser que esas mismas verdades, transmitidas de boca en boca entre el humo de un café con leche con vainillas hayan sembrado en otros niños imágenes de unos hechos que no tuvieron la suerte de haber sido escritos. Pero en todo caso esas imágenes siempre habrán de ser débiles, sometidas a algún juicio refutable, ajusticiadas con la verdad de la escritura. Lentamente el tiempo irá marcando sobre ellas el signo indeleble de lo tradicional, del descrédito, de lo improbable. Afortunados serán aquellos conocimientos que se hayan sometido a unas pocas líneas de algún cuaderno olvidado, de alguna carta guardada. Alguien, no sabemos quiénes, algún día los tomará, les dará forma, los dividirá en párrafos, en capítulos y los inmortalizará en algún libro que otro leerá y que volverá a armar, a dividir en nuevos párrafos, en nuevos capítulos, a reformularlo y así lo dará a otro para que nuevamente lo lea, desconociendo su último final. No se necesitan demasiados permisos para interrumpir una tradición y volcarla a las letras. Tal vez sea patrimonio de uno solo. Tal vez sea la única necesidad recurrente, la necesidad de escribir. Pero esa necesidad de escribir que hace de cada hombre fuente de su sucesor, sin saber quizás que es fuente del conocimiento mismo, exige indefectiblemente una lectura anterior, precisa, consecuente. Es por eso que es improbable que alguien pueda escribir sin haber leído. En todo caso, lo que es probable, es que nadie podrá escribir si no tuvo la posibilidad de aprender a leer. La escuela ha tenido y tiene esta función, especialmente en los años iniciales de todo aprendizaje. Pero una intención no es garantía de éxito. Si se quiere leer pero no hay qué leer, seguramente no se leerá. Y si no se lee en los primeros años, probablemente no se lea en los años siguientes, por lo que será más remota la idea de escribir. Y si no se escribirá un texto en esos años posteriores, tampoco se podrá leer en otro tiempo sucesivo esa historia diferente que alguien pretendió, en vano, escribir. Es por eso que intentamos desde un espacio poco probable que los libros, en su continuo movimiento, lleguen hasta aquellos pequeños ojos, hasta esas manos con las uñas sucias que esperan algún día comprender la sensación de dar vuelta una página, de saber distinguir un dibujo de una oración, de saber que algún día alguien, ese alguien que antes desconocía el sentido de un párrafo, pueda comenzar a tejer nuevos párrafos en nuevos libros, y así, casi sin saberlo, empiece a entender que se puede intentar, al menos, torcer una historia, aventurarse a un destino, aunque el humo de otros tiempos del café con leche con vainillas continúe siendo una injusta metáfora irrefutable.
Ricardo Cardone
Es una tarea con destino incierto pretender que cualquier hecho del pasado que se precie de digno pueda cruzar las distintas barreras de las épocas ajeno a la escritura. Puede que alguna tradición oral, aquellas que legaron a nuestros padres las voces de otros abuelos, tengan suficiente peso como para evitar el olvido. Puede llegar a ser que esas mismas verdades, transmitidas de boca en boca entre el humo de un café con leche con vainillas hayan sembrado en otros niños imágenes de unos hechos que no tuvieron la suerte de haber sido escritos. Pero en todo caso esas imágenes siempre habrán de ser débiles, sometidas a algún juicio refutable, ajusticiadas con la verdad de la escritura. Lentamente el tiempo irá marcando sobre ellas el signo indeleble de lo tradicional, del descrédito, de lo improbable. Afortunados serán aquellos conocimientos que se hayan sometido a unas pocas líneas de algún cuaderno olvidado, de alguna carta guardada. Alguien, no sabemos quiénes, algún día los tomará, les dará forma, los dividirá en párrafos, en capítulos y los inmortalizará en algún libro que otro leerá y que volverá a armar, a dividir en nuevos párrafos, en nuevos capítulos, a reformularlo y así lo dará a otro para que nuevamente lo lea, desconociendo su último final. No se necesitan demasiados permisos para interrumpir una tradición y volcarla a las letras. Tal vez sea patrimonio de uno solo. Tal vez sea la única necesidad recurrente, la necesidad de escribir. Pero esa necesidad de escribir que hace de cada hombre fuente de su sucesor, sin saber quizás que es fuente del conocimiento mismo, exige indefectiblemente una lectura anterior, precisa, consecuente. Es por eso que es improbable que alguien pueda escribir sin haber leído. En todo caso, lo que es probable, es que nadie podrá escribir si no tuvo la posibilidad de aprender a leer. La escuela ha tenido y tiene esta función, especialmente en los años iniciales de todo aprendizaje. Pero una intención no es garantía de éxito. Si se quiere leer pero no hay qué leer, seguramente no se leerá. Y si no se lee en los primeros años, probablemente no se lea en los años siguientes, por lo que será más remota la idea de escribir. Y si no se escribirá un texto en esos años posteriores, tampoco se podrá leer en otro tiempo sucesivo esa historia diferente que alguien pretendió, en vano, escribir. Es por eso que intentamos desde un espacio poco probable que los libros, en su continuo movimiento, lleguen hasta aquellos pequeños ojos, hasta esas manos con las uñas sucias que esperan algún día comprender la sensación de dar vuelta una página, de saber distinguir un dibujo de una oración, de saber que algún día alguien, ese alguien que antes desconocía el sentido de un párrafo, pueda comenzar a tejer nuevos párrafos en nuevos libros, y así, casi sin saberlo, empiece a entender que se puede intentar, al menos, torcer una historia, aventurarse a un destino, aunque el humo de otros tiempos del café con leche con vainillas continúe siendo una injusta metáfora irrefutable.
Ricardo Cardone
4 nov 2008
El poder de la lectura digital no tiene parangón en la historia
Entrevista al historiador Roger Chartier
Por Daniel Swinburn
Roger Chartier es uno de los historiadores franceses más destacados en la actualidad y uno de los más leídos a nivel internacional. Formado en la Escuela de los Annales, fundada por Fernand Braudel y Ernst Bloch, que renovó la historia económica y social, Chartier fue discípulo en los años sesenta de Denis Richet, conocido por un pequeño pero trascendental libro sobre las instituciones del Antiguo Régimen. A partir de ahí, nacieron nuevas formas de abordar la historia cultural que es su campo de trabajo y desde donde ha producido una importante renovación en los métodos para estudiar el pasado. Hoy es director de estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y autor de numerosas obras sobre la historia cultural del Antiguo Régimen y la Modernidad temprana -algunas de ellas traducidas al castellano-, como “Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna” (1993), “El orden de los libros” (1994), “El mundo como representación” (1995), entre otras. Entre las actividades que realizará en su visita a Chile está su participación en la Cátedra Bolaño de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales.
-¿Cómo define usted la línea de historia cultural que ha adoptado para su trabajo?
“Esencialmente como una perspectiva que trata de entender cómo los hombres y mujeres del pasado construyeron el sentido de los textos que leyeron o escucharon. Semejante historia cultural supone entrecruzar el análisis de los textos, cualesquiera sean, canónicos u ordinarios, con el estudio de las formas materiales de su inscripción y transmisión (el libro, la lectura en voz alta, la representación teatral, etc.) y la comprensión de las capacidades, expectativas, categorías mentales y prácticas concretas de las diferentes comunidades de interpretación. De ahí, para mí, la definición de la historia cultural se da en el encuentro entre la crítica literaria y textual, la historia de la cultura escrita y del libro fundada sobre las disciplinas eruditas que son la paleografía, la codicología o la bibliografía y la sociología histórica de las prácticas”.
-Uno de los conceptos clave de su trabajo como historiador del libro y la lectura es el de “apropiación”.
“Este concepto tiene a la vez un sentido intelectual -la apropiación como interpretación de un texto o de una imagen- y un sentido material, que designa los gestos, lugares, instrumentos que caracterizan diversas formas de lectura o de escucha. Es interesante también porque puede apuntar a la tensión entre apropiación como posesión exclusiva, propiedad prohibida, y apropiación como capacidad de cada uno de apoderarse para su propio fin de los textos e imágenes que circulan en una sociedad dada. Designa así el monopolio que los más poderosos tratan de establecer sobre la cultura legítima o el uso de la escritura y, también, las conquistas culturales de los más desprovistos”.
-¿Usted pone mayor énfasis en la historia de los lectores que de los autores de libros? ¿Cuál es la premisa que hay detrás de esta innovación?
“Borges decía que un libro que nadie ha leído no es más que un cubo de papel con hojas. Es la lectura la que da importancia, proyección, existencia a lo que el autor escribió. Pero esto no significa que descarto la importancia de la escritura. Lo importante es seguir la trayectoria de cada texto desde el manuscrito escrito o dictado por el autor hasta las lecturas de los lectores. El proyecto implica subrayar que son múltiples los actores que intervienen en este proceso. Éstos no escriben los libros, porque los libros son el resultado de las elecciones, técnicas, gestos de todos los que hacían un libro impreso entre los siglos XV y XVIII: los copistas del manuscrito, los censores que dan su aprobación, el librero que actúa como editor, el maestro impresor que organiza el trabajo de impresión, los correctores que establecen la copia para la composición, los cajistas o tipógrafos que componen las páginas del libro, los prensistas que imprimen sus hojas… “Todos contribuyen a la producción no sólo de los libros, sino de los textos mismos en su forma gráfica, la que es leída por el lector”.
-Sus investigaciones históricas han tenido un efecto de “golpe al ego” de los historiadores, pues de alguna forma usted les ha dicho a todos sus colegas que han estado ‘leyendo mal’ las fuentes. ¿Es así o no? El discurso histórico, en cuanto relato, comparte categorías con el de ficción, ha dicho usted.
“No soy tan arrogante y no pretendo decir eso. Lo que querría subrayar es que, por un lado, un texto está siempre inscripto sobre un objeto material, y que no podemos ignorar que la materialidad de los objetos de la cultura manuscrita e impresa desempeña un papel esencial en la construcción del sentido de cualquier obra o documento. Y, por otro lado, querría recordar que debemos reconocer en cada obra o documento las normas, códigos, categorías que gobernaron tanto su producción como su interpretación o uso. Este análisis supone técnicas, reglas, controles que son específicos al oficio del historiador. Es la razón por la cual afirmo que, si bien la escritura de la historia comparte con la ficción figuras retóricas y estructuras narrativas, sin embargo, el saber sobre el pasado que produce es radicalmente diferente del conocimiento que procura una novela”.
-Alesandro Baricco, el novelista italiano, sostiene que ya no es posible escribir novelones de 500 o mil páginas al estilo de “Ana Karenina” o “La Recherche”, porque en la cultura de masas actual ha desaparecido el lector para esos libros, y hoy sólo es posible plantearse en relatos breves y fragmentados. ¿Sucede lo mismo con los libros de historia clásicos a su juicio?
“Es verdad que la lectura contemporánea busca formas breves, pero no debemos olvidar, sin embargo, el éxito mundial de algunos best sellers pesados y largos. Lo que puede aumentar este sentimiento de la pérdida del gusto o la paciencia para libros como los de Proust o Tolstoi es la nueva práctica de lectura que sugiere o impone la textualidad. Es una lectura fragmentada, discontinua, segmentada, que se atañe a extractos breves, datos desvinculados, extractos decontextualizados. Ello puede poner en tela de juicio no solamente las largas novelas de los siglos XVIII y XIX, sino también la percepción de todas las obras como discursos que tienen coherencia e identidad”.
-¿Se ha alejado la historia, como relato escrito, del público masivo, o este ha cambiado dramáticamente sus hábitos lectores?
“El éxito de las novelas históricas demuestra que existe un amplio público que busca la representación del pasado en las páginas de los libros, y no sólo sobre las pantallas de la televisión o del cine. La tarea de los historiadores es hacer que el saber del pasado que producen, y que es diferente, o crítico, de las fábulas de ficción y de los reconocimientos de la memoria, pueda estar legible por los lectores que constituyen el público de los ciudadanos. Lo lograron los historiadores que supieron vincular un conocimiento riguroso con una escritura atractiva”.
-¿Ve usted en la lectura digital un vehículo de transmisión cultural tan poderoso como fue la lectura en papel impreso?
“Aún más, lo creo, porque es un único aparato, la computadora, que transmite todos los géneros textuales que en el mundo impreso correspondían a diversos objetos (el libro, la revista, el diario, etc.); que permite la articulación entre textos, imágenes y sonido y que es a la vez el soporte de la mirada, de la escucha, de la lectura y de la escritura. El poder de la forma digital de inscripción y transmisión es sin par en la historia de la humanidad. Es lo que la hace fascinante e inquietante, porque implica una profunda transformación de las prácticas de lectura, de las categorías que asociamos con el concepto mismo de obra y de los papeles de las técnicas previas, que son todavía las nuestras: la escritura manuscrita y la publicación impresa. El desafío del presente es lograr una distribución racional y relevante de los usos de estas varias tecnologías que caracterizan hoy en día la creación, la difusión y la apropiación cultural”.
Sobre los últimos libros de Chartier
-¿Qué nos puede avanzar sobre sus últimos libros recientemente publicados en castellano: “Inscribir y borrar”, “Escuchar a los muertos con los ojos” y “La historia, lectura del tiempo”.
“‘Escuchar a los muertos con los ojos’ es la traducción al español de la conferencia inaugural de una nueva cátedra en el Collège de France que dicté en octubre de 2007 para abrir una nueva enseñanza sobre la cultura escrita en la Europa moderna, es decir entre los siglos XV y XVIII, pero también en referencia con las mutaciones de nuestro presente. En este texto intenté definir la importancia de este campo de estudios para entender las evoluciones históricas de la primera modernidad entre la Edad Media y las revoluciones de finales del siglo XVIII (la construcción del Estado burocrático, las reformas religiosas, el proceso de civilización, la constitución de un espacio público) y para establecer un diagnóstico más exacto y agudo en cuanto a lo que transforma el mundo de la textualidad digital. Este libro fue publicado por Katz Editores”.
“Alejandro Katz, que ha creado hace poco tiempo una nueva editorial cuyo catálogo es extraordinario, es también el editor de la traducción española de ‘Inscribir y borrar’, que, como lo indica su subtítulo, es un libro que se dedica a entender cómo algunas obras literarias se construyeron apropiándose de los objetos, las normas y las prácticas de la cultura escrita de su tiempo y cómo ellas mismas fueron publicadas, difundidas y leídas. Lo hace a partir del análisis de fragmentos de obras canónicas (por ejemplo, siguiendo la visita de don Quijote en una imprenta en Barcelona en la Segunda Parte de la historia, o interrogándome en cuanto a la verdadera naturaleza del ‘librillo de memoria’ de Cardenio encontrado por el caballero andante en la Sierra Morena). Pero también estudiando textos menos conocidos: los poemas en latín que un abate del siglo XI dedicó a su pluma, sus tabletas de cera, sus escribas, o una obra teatral de Ben Jonson que se desarrolla, en parte, en un taller donde se copian noticias manuscritas; o bien, una comedia de Goldoni basada en la equivalencia metafórica entre escritura y tejido. Se encuentran en el libro también Cyrano de Bergerac, Richardson y Diderot. ¿Por qué el título? Porque me parece que se ha olvidado en la historia de la cultura escrita el miedo y también la necesidad del borrar. Los historiadores focalizaron la atención sobre el temor de la pérdida que justificó la búsqueda de los manuscritos, la constitución de las bibliotecas, la proliferación de lo escrito. Pero la desaparición de los textos fue a la vez la razón de una grande inquietud y al mismo tiempo una necesidad (sobre las tabletas de cera o sobre los librillos de memoria) para domar el exceso de los discursos”.
“‘La historia, lectura del tiempo’ es otro breve libro que me fue encargado por la editorial Gedisa de Barcelona (con la cual publiqué cuatro libros) para el aniversario de los treinta años de su existencia. Lo escribí directamente en español y es una reflexión sobre los interrogantes más importantes que atraviesan la historia hoy en día: su relación con la ficción y la memoria, su polarización entre microhistoria e historia global, su respuestas a los desafíos y promesas del texto electrónico, sus construcciones múltiples del tiempo, entre evento y estructuras, entre fenómeno objetivo y construcción social”.
¿Sigue siendo Francia la maestra de nuestra historia?
-¿En qué está la historiografía francesa en estos momentos? ¿Qué ha pasado después de la Escuela de los Annales y su dispersión?
“Es una pregunta inmensa que requería un libro entero (o varios) como respuesta. Lo más importante para mí es que en los últimos treinta o cuarenta años todas las ‘escuelas’ historiográficas, basadas en una tradición nacional, se fragmentaron: así el marxismo abierto de ‘Past and Present’, o la tradición de historia de las ideas italiana fundada por Franco Venturi, o la historia social alemana de inspiración weberiana, o los ‘Annales’ franceses. En lugar de estas fuertes identidades metodológicas y nacionales, se definieron nuevos objetos, nuevas aproximaciones, nuevas colaboraciones entre disciplinas y herencias que estuvieron mucho tiempo separadas. Por ejemplo, el campo de trabajo que es el mío existe solamente porque se entrecruzaron en un proyecto de historia de la cultura escrita, las herencias de las disciplinas eruditas (paleografía italiana transformada en una historia de la cultura gráfica por Petrucci, bibliografía anglosajona transformada en una sociología de los textos por D.F. McKenzie); la historia del libro, de la edición, de los lectores en la manera francesa, y las corrientes de la crítica textual o literaria surgen de: la estética de la recepción en Alemania, (H. R. Jauss), crítica filológica en España (Francisco Rico), new historicism en los Estados Unidos (Stephen Greenblatt). Pienso que para cada forma de historia (historia de las ciudades, nueva historia social, demográfica histórica, etc.) la situación es idéntica”.
“Lo que indica que si no desaparecieron las aportaciones propias de la historiografía francesa, éstas se ligan en nuestro presente con fragmentos de otras tradiciones para definir nuevos espacios de investigación que no se identifican más con una ‘escuela’ particular. Pasó el tiempo de los modelos hegemónicos, seguidos, imitados, citados. En este nuevo mundo histórico confluyen las propuestas intelectuales, y América Latina desempeña su papel original -por ejemplo con el énfasis sobre la importancia de los diarios y revistas en el siglo XIX o una historia original de los intelectuales, o también y, sobre todo, la historia de las memorias, que adquiere con las heridas y los sufrimientos infligidos por las dictaduras militares una intensidad particular”.
-¿Cuál es a su juicio él o los autores franceses más convincentes en el tema de la historia de la Revolución Francesa, después de Francois Furet?
“En los últimos años he privilegiado en mis trabajos los siglos XVI y XVII, y no el XVIII, y las relaciones entre obras literarias y cultura escrita, y no una reflexión sobre la relación entre Ilustración y Revolución. Pero no me parece que en las últimas décadas, después de la proliferación de los libros publicados después de 1989 y del Bicentenario, se hayan transformado profundamente las perspectivas de análisis del evento. No quiero decir que no fueron escritos libros o artículos originales, sino solamente que los modelos explicativos que se afrontaron en los años del Bicentenario no han sido profundamente modificados. Es posible o deseable que la celebración o, mejor, la reflexión sobre las independencias americanas que van a empezar pronto puedan ayudar a la propuesta de nuevas perspectivas sobre la Revolución Francesa”.
-¿Le resultaría atractivo escribir una historia de la Revolución Francesa?
“Intenté proponer en mi libro sobre los orígenes culturales de la Revolución Francesa (publicado por Gedisa) una reflexión en cuanto a las mutaciones mentales y culturales que hicieron posible y pensable la ruptura de 89. Apoyándome sobre la historia cultural traté no de establecer las causas de la Revolución, sino de comprender el misterio que preocupaba a Tocqueville: ¿cómo entender que en algunas semanas un orden político y social arraigado en una historia de muy larga duración se derrumbó? Una historia cultural de la Revolución es otra tarea ya empezada por varios colegas franceses o extranjeros y por la cual no tengo competencia.
Roger Chartier (1945-) prestigioso historiador francés, director de estudios en l’École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, director del centro Alexandre Koyré y autor de numerosos libros: L’Éducation en France du XVIe au XVIIIe (con Marie-Madeleine Compère e Dominique Julia), 1976; una monumental Histoire de l’édition française (con Henri-Jean Martin), 4 volumi (1983–1986), 1989–1991; Lectures et lecteurs dans la France d’Ancien Régime, 1987; Les Origines culturelles de la Révolution française, 1990; L’Ordre des livres. Lecteurs, auteurs, bibliothèques en Europe entre XIVe et XVIIIe, 1992; Histoire de la lecture dans le monde occidental, 1997; Au bord de la falaise. L’histoire entre certitudes et inquiétude, 1998. En español se han editado: El mundo como representación, Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna y El orden de los libros. Sus últimos libros traducidos son: La historia o la lectura del tiempo, Traducción de Margarita Polo, Editorial Gedisa, Barcelona, 2007; Escuchar a los muertos con los ojos Traducción de Laura Fólica, Editorial Katz, Buenos Aires, 2008. (NGV)
Por Daniel Swinburn
Roger Chartier es uno de los historiadores franceses más destacados en la actualidad y uno de los más leídos a nivel internacional. Formado en la Escuela de los Annales, fundada por Fernand Braudel y Ernst Bloch, que renovó la historia económica y social, Chartier fue discípulo en los años sesenta de Denis Richet, conocido por un pequeño pero trascendental libro sobre las instituciones del Antiguo Régimen. A partir de ahí, nacieron nuevas formas de abordar la historia cultural que es su campo de trabajo y desde donde ha producido una importante renovación en los métodos para estudiar el pasado. Hoy es director de estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y autor de numerosas obras sobre la historia cultural del Antiguo Régimen y la Modernidad temprana -algunas de ellas traducidas al castellano-, como “Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna” (1993), “El orden de los libros” (1994), “El mundo como representación” (1995), entre otras. Entre las actividades que realizará en su visita a Chile está su participación en la Cátedra Bolaño de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales.
-¿Cómo define usted la línea de historia cultural que ha adoptado para su trabajo?
“Esencialmente como una perspectiva que trata de entender cómo los hombres y mujeres del pasado construyeron el sentido de los textos que leyeron o escucharon. Semejante historia cultural supone entrecruzar el análisis de los textos, cualesquiera sean, canónicos u ordinarios, con el estudio de las formas materiales de su inscripción y transmisión (el libro, la lectura en voz alta, la representación teatral, etc.) y la comprensión de las capacidades, expectativas, categorías mentales y prácticas concretas de las diferentes comunidades de interpretación. De ahí, para mí, la definición de la historia cultural se da en el encuentro entre la crítica literaria y textual, la historia de la cultura escrita y del libro fundada sobre las disciplinas eruditas que son la paleografía, la codicología o la bibliografía y la sociología histórica de las prácticas”.
-Uno de los conceptos clave de su trabajo como historiador del libro y la lectura es el de “apropiación”.
“Este concepto tiene a la vez un sentido intelectual -la apropiación como interpretación de un texto o de una imagen- y un sentido material, que designa los gestos, lugares, instrumentos que caracterizan diversas formas de lectura o de escucha. Es interesante también porque puede apuntar a la tensión entre apropiación como posesión exclusiva, propiedad prohibida, y apropiación como capacidad de cada uno de apoderarse para su propio fin de los textos e imágenes que circulan en una sociedad dada. Designa así el monopolio que los más poderosos tratan de establecer sobre la cultura legítima o el uso de la escritura y, también, las conquistas culturales de los más desprovistos”.
-¿Usted pone mayor énfasis en la historia de los lectores que de los autores de libros? ¿Cuál es la premisa que hay detrás de esta innovación?
“Borges decía que un libro que nadie ha leído no es más que un cubo de papel con hojas. Es la lectura la que da importancia, proyección, existencia a lo que el autor escribió. Pero esto no significa que descarto la importancia de la escritura. Lo importante es seguir la trayectoria de cada texto desde el manuscrito escrito o dictado por el autor hasta las lecturas de los lectores. El proyecto implica subrayar que son múltiples los actores que intervienen en este proceso. Éstos no escriben los libros, porque los libros son el resultado de las elecciones, técnicas, gestos de todos los que hacían un libro impreso entre los siglos XV y XVIII: los copistas del manuscrito, los censores que dan su aprobación, el librero que actúa como editor, el maestro impresor que organiza el trabajo de impresión, los correctores que establecen la copia para la composición, los cajistas o tipógrafos que componen las páginas del libro, los prensistas que imprimen sus hojas… “Todos contribuyen a la producción no sólo de los libros, sino de los textos mismos en su forma gráfica, la que es leída por el lector”.
-Sus investigaciones históricas han tenido un efecto de “golpe al ego” de los historiadores, pues de alguna forma usted les ha dicho a todos sus colegas que han estado ‘leyendo mal’ las fuentes. ¿Es así o no? El discurso histórico, en cuanto relato, comparte categorías con el de ficción, ha dicho usted.
“No soy tan arrogante y no pretendo decir eso. Lo que querría subrayar es que, por un lado, un texto está siempre inscripto sobre un objeto material, y que no podemos ignorar que la materialidad de los objetos de la cultura manuscrita e impresa desempeña un papel esencial en la construcción del sentido de cualquier obra o documento. Y, por otro lado, querría recordar que debemos reconocer en cada obra o documento las normas, códigos, categorías que gobernaron tanto su producción como su interpretación o uso. Este análisis supone técnicas, reglas, controles que son específicos al oficio del historiador. Es la razón por la cual afirmo que, si bien la escritura de la historia comparte con la ficción figuras retóricas y estructuras narrativas, sin embargo, el saber sobre el pasado que produce es radicalmente diferente del conocimiento que procura una novela”.
-Alesandro Baricco, el novelista italiano, sostiene que ya no es posible escribir novelones de 500 o mil páginas al estilo de “Ana Karenina” o “La Recherche”, porque en la cultura de masas actual ha desaparecido el lector para esos libros, y hoy sólo es posible plantearse en relatos breves y fragmentados. ¿Sucede lo mismo con los libros de historia clásicos a su juicio?
“Es verdad que la lectura contemporánea busca formas breves, pero no debemos olvidar, sin embargo, el éxito mundial de algunos best sellers pesados y largos. Lo que puede aumentar este sentimiento de la pérdida del gusto o la paciencia para libros como los de Proust o Tolstoi es la nueva práctica de lectura que sugiere o impone la textualidad. Es una lectura fragmentada, discontinua, segmentada, que se atañe a extractos breves, datos desvinculados, extractos decontextualizados. Ello puede poner en tela de juicio no solamente las largas novelas de los siglos XVIII y XIX, sino también la percepción de todas las obras como discursos que tienen coherencia e identidad”.
-¿Se ha alejado la historia, como relato escrito, del público masivo, o este ha cambiado dramáticamente sus hábitos lectores?
“El éxito de las novelas históricas demuestra que existe un amplio público que busca la representación del pasado en las páginas de los libros, y no sólo sobre las pantallas de la televisión o del cine. La tarea de los historiadores es hacer que el saber del pasado que producen, y que es diferente, o crítico, de las fábulas de ficción y de los reconocimientos de la memoria, pueda estar legible por los lectores que constituyen el público de los ciudadanos. Lo lograron los historiadores que supieron vincular un conocimiento riguroso con una escritura atractiva”.
-¿Ve usted en la lectura digital un vehículo de transmisión cultural tan poderoso como fue la lectura en papel impreso?
“Aún más, lo creo, porque es un único aparato, la computadora, que transmite todos los géneros textuales que en el mundo impreso correspondían a diversos objetos (el libro, la revista, el diario, etc.); que permite la articulación entre textos, imágenes y sonido y que es a la vez el soporte de la mirada, de la escucha, de la lectura y de la escritura. El poder de la forma digital de inscripción y transmisión es sin par en la historia de la humanidad. Es lo que la hace fascinante e inquietante, porque implica una profunda transformación de las prácticas de lectura, de las categorías que asociamos con el concepto mismo de obra y de los papeles de las técnicas previas, que son todavía las nuestras: la escritura manuscrita y la publicación impresa. El desafío del presente es lograr una distribución racional y relevante de los usos de estas varias tecnologías que caracterizan hoy en día la creación, la difusión y la apropiación cultural”.
Sobre los últimos libros de Chartier
-¿Qué nos puede avanzar sobre sus últimos libros recientemente publicados en castellano: “Inscribir y borrar”, “Escuchar a los muertos con los ojos” y “La historia, lectura del tiempo”.
“‘Escuchar a los muertos con los ojos’ es la traducción al español de la conferencia inaugural de una nueva cátedra en el Collège de France que dicté en octubre de 2007 para abrir una nueva enseñanza sobre la cultura escrita en la Europa moderna, es decir entre los siglos XV y XVIII, pero también en referencia con las mutaciones de nuestro presente. En este texto intenté definir la importancia de este campo de estudios para entender las evoluciones históricas de la primera modernidad entre la Edad Media y las revoluciones de finales del siglo XVIII (la construcción del Estado burocrático, las reformas religiosas, el proceso de civilización, la constitución de un espacio público) y para establecer un diagnóstico más exacto y agudo en cuanto a lo que transforma el mundo de la textualidad digital. Este libro fue publicado por Katz Editores”.
“Alejandro Katz, que ha creado hace poco tiempo una nueva editorial cuyo catálogo es extraordinario, es también el editor de la traducción española de ‘Inscribir y borrar’, que, como lo indica su subtítulo, es un libro que se dedica a entender cómo algunas obras literarias se construyeron apropiándose de los objetos, las normas y las prácticas de la cultura escrita de su tiempo y cómo ellas mismas fueron publicadas, difundidas y leídas. Lo hace a partir del análisis de fragmentos de obras canónicas (por ejemplo, siguiendo la visita de don Quijote en una imprenta en Barcelona en la Segunda Parte de la historia, o interrogándome en cuanto a la verdadera naturaleza del ‘librillo de memoria’ de Cardenio encontrado por el caballero andante en la Sierra Morena). Pero también estudiando textos menos conocidos: los poemas en latín que un abate del siglo XI dedicó a su pluma, sus tabletas de cera, sus escribas, o una obra teatral de Ben Jonson que se desarrolla, en parte, en un taller donde se copian noticias manuscritas; o bien, una comedia de Goldoni basada en la equivalencia metafórica entre escritura y tejido. Se encuentran en el libro también Cyrano de Bergerac, Richardson y Diderot. ¿Por qué el título? Porque me parece que se ha olvidado en la historia de la cultura escrita el miedo y también la necesidad del borrar. Los historiadores focalizaron la atención sobre el temor de la pérdida que justificó la búsqueda de los manuscritos, la constitución de las bibliotecas, la proliferación de lo escrito. Pero la desaparición de los textos fue a la vez la razón de una grande inquietud y al mismo tiempo una necesidad (sobre las tabletas de cera o sobre los librillos de memoria) para domar el exceso de los discursos”.
“‘La historia, lectura del tiempo’ es otro breve libro que me fue encargado por la editorial Gedisa de Barcelona (con la cual publiqué cuatro libros) para el aniversario de los treinta años de su existencia. Lo escribí directamente en español y es una reflexión sobre los interrogantes más importantes que atraviesan la historia hoy en día: su relación con la ficción y la memoria, su polarización entre microhistoria e historia global, su respuestas a los desafíos y promesas del texto electrónico, sus construcciones múltiples del tiempo, entre evento y estructuras, entre fenómeno objetivo y construcción social”.
¿Sigue siendo Francia la maestra de nuestra historia?
-¿En qué está la historiografía francesa en estos momentos? ¿Qué ha pasado después de la Escuela de los Annales y su dispersión?
“Es una pregunta inmensa que requería un libro entero (o varios) como respuesta. Lo más importante para mí es que en los últimos treinta o cuarenta años todas las ‘escuelas’ historiográficas, basadas en una tradición nacional, se fragmentaron: así el marxismo abierto de ‘Past and Present’, o la tradición de historia de las ideas italiana fundada por Franco Venturi, o la historia social alemana de inspiración weberiana, o los ‘Annales’ franceses. En lugar de estas fuertes identidades metodológicas y nacionales, se definieron nuevos objetos, nuevas aproximaciones, nuevas colaboraciones entre disciplinas y herencias que estuvieron mucho tiempo separadas. Por ejemplo, el campo de trabajo que es el mío existe solamente porque se entrecruzaron en un proyecto de historia de la cultura escrita, las herencias de las disciplinas eruditas (paleografía italiana transformada en una historia de la cultura gráfica por Petrucci, bibliografía anglosajona transformada en una sociología de los textos por D.F. McKenzie); la historia del libro, de la edición, de los lectores en la manera francesa, y las corrientes de la crítica textual o literaria surgen de: la estética de la recepción en Alemania, (H. R. Jauss), crítica filológica en España (Francisco Rico), new historicism en los Estados Unidos (Stephen Greenblatt). Pienso que para cada forma de historia (historia de las ciudades, nueva historia social, demográfica histórica, etc.) la situación es idéntica”.
“Lo que indica que si no desaparecieron las aportaciones propias de la historiografía francesa, éstas se ligan en nuestro presente con fragmentos de otras tradiciones para definir nuevos espacios de investigación que no se identifican más con una ‘escuela’ particular. Pasó el tiempo de los modelos hegemónicos, seguidos, imitados, citados. En este nuevo mundo histórico confluyen las propuestas intelectuales, y América Latina desempeña su papel original -por ejemplo con el énfasis sobre la importancia de los diarios y revistas en el siglo XIX o una historia original de los intelectuales, o también y, sobre todo, la historia de las memorias, que adquiere con las heridas y los sufrimientos infligidos por las dictaduras militares una intensidad particular”.
-¿Cuál es a su juicio él o los autores franceses más convincentes en el tema de la historia de la Revolución Francesa, después de Francois Furet?
“En los últimos años he privilegiado en mis trabajos los siglos XVI y XVII, y no el XVIII, y las relaciones entre obras literarias y cultura escrita, y no una reflexión sobre la relación entre Ilustración y Revolución. Pero no me parece que en las últimas décadas, después de la proliferación de los libros publicados después de 1989 y del Bicentenario, se hayan transformado profundamente las perspectivas de análisis del evento. No quiero decir que no fueron escritos libros o artículos originales, sino solamente que los modelos explicativos que se afrontaron en los años del Bicentenario no han sido profundamente modificados. Es posible o deseable que la celebración o, mejor, la reflexión sobre las independencias americanas que van a empezar pronto puedan ayudar a la propuesta de nuevas perspectivas sobre la Revolución Francesa”.
-¿Le resultaría atractivo escribir una historia de la Revolución Francesa?
“Intenté proponer en mi libro sobre los orígenes culturales de la Revolución Francesa (publicado por Gedisa) una reflexión en cuanto a las mutaciones mentales y culturales que hicieron posible y pensable la ruptura de 89. Apoyándome sobre la historia cultural traté no de establecer las causas de la Revolución, sino de comprender el misterio que preocupaba a Tocqueville: ¿cómo entender que en algunas semanas un orden político y social arraigado en una historia de muy larga duración se derrumbó? Una historia cultural de la Revolución es otra tarea ya empezada por varios colegas franceses o extranjeros y por la cual no tengo competencia.
Roger Chartier (1945-) prestigioso historiador francés, director de estudios en l’École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, director del centro Alexandre Koyré y autor de numerosos libros: L’Éducation en France du XVIe au XVIIIe (con Marie-Madeleine Compère e Dominique Julia), 1976; una monumental Histoire de l’édition française (con Henri-Jean Martin), 4 volumi (1983–1986), 1989–1991; Lectures et lecteurs dans la France d’Ancien Régime, 1987; Les Origines culturelles de la Révolution française, 1990; L’Ordre des livres. Lecteurs, auteurs, bibliothèques en Europe entre XIVe et XVIIIe, 1992; Histoire de la lecture dans le monde occidental, 1997; Au bord de la falaise. L’histoire entre certitudes et inquiétude, 1998. En español se han editado: El mundo como representación, Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna y El orden de los libros. Sus últimos libros traducidos son: La historia o la lectura del tiempo, Traducción de Margarita Polo, Editorial Gedisa, Barcelona, 2007; Escuchar a los muertos con los ojos Traducción de Laura Fólica, Editorial Katz, Buenos Aires, 2008. (NGV)
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